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marionetas  
 
 
 

El relojero que hacía marionetas torpes: Taller de tesoros menudos, seguido de unas acciones de alambre y mimo.

El antiguo oficio de relojero evoca idea de precisión, a la vez que aparece sumergido en zumo de misterio. Al hilo de ruedecillas y engranajes, con finas agujas cose el tiempo a nuestra muñeca, o a alguna de las paredes de una casa o en lo alto de una torre.

El relojero de nuestro taller posee 18 pequeños cofres, 18 pequeñas cajas donde ha ido guardando el rico fruto de las muchas pequeñas humillaciones, que a lo largo de años ha ido haciendo al inclinarse hasta el suelo para recoger mínimos fragmentos de objetos, que ahora, como si fuera el barro del ceramista, trata de modelar.

Con esas fracciones de cosas, uniéndolas unas con otras, trata, como el ceramista que hizo de barro al primer hombre y a la primera mujer, de crear vivas marionetas de teatrillo; pero, ¡ay!, le crecen torpes e imprecisas.

¿Cómo se las ingeniará el sutil relojero, el grupo, en fin, para convertir a las torpes marionetas de desecho en ágiles criaturas del espíritu, que, tic-tac, despierten la sonrisa en quien las vea?

Tal es la aventura creativa que propone el taller.

Mercedes Gutiérrez y Rafael Torres (o Milafina & Zarrazarrias o “Los Navegantes del Palomar”) formaron equipo en el año 1997 para promover y producir procesos de plástica social y nómada, y desde entonces, concibiendo el arte como las maniobras ordinarias de la vida (observar, juntar, separar, plegar, limpiar, barrer, elevar, sumergir, fregar...), organizadas visualmente en lugar de para la utilidad, para la emoción, se desplazan de un lugar a otro provocando acciones y desarrollando ejemplos de estética del trabajo cooperativo, estética de la prevención, estética de la salud, estética práctica.

Ambulantes en extremo, acuden desde el mareante palomar (palo/mar) situado entre Valladolid y Burgos, donde tienen el pósito, a cualquier geografía con sus petates, bultos y líos; y como zabarceras ofrecen por menudo los frutos de un arte jugoso desde el estribo mismo de su viejo vehículo de fatigados caballetes de vapor.

Milafina & Zarrazarrias, dentro de las corrientes de un “arte de mitología personal”, donde laten continuos procesos de agitación del pensamiento y sobresale una amplia carga testimonial, desvarían un volapuk, un esperanto visual que, al modo del ideado por Zamenhof para el habla, sirviera en este caso de lengua plástica universal; se chalan inventando psicoductos para el paso del espíritu y arteductos para la salida del arte y se guillan urdiendo estropajos, consolidando asperones y rastreando ensalmos que lo desadonicen.